CRISIS EN LA ENSEÑANZA DE LAS CIENCIAS (SEMANARIO LA CALLE DE CÓRDOBA. ABRIL 2006)

El Nacional Council Research, una institución integrada en la Academia Nacional de Ciencias de EEUU, definió, en 1996,  como persona alfabetizada científicamente, a aquella que “tiene la habilidad para describir, explicar y predecir fenómenos naturales (…). Implica que pueda identificar los aspectos científicos que soportan las decisiones de tipo local o nacional y exprese opiniones al respecto,  sustentándolas tanto científica como tecnológicamente”. Siguiendo esta línea argumental cabría preguntarse: ¿Está preparado el ciudadano/a español para  comprender el alcance de dos noticias de la última semana, sintetizadas en estos dos titulares?: “Las capas de hielo de Groenlandia y de la Antártida se habrán fundido casi en su totalidad en el año 2100 (…)” (EL MUNDO) y “España será el cuarto país europeo en autorizar la clonación terapéutica” (EL PAÍS). Me temo que la respuesta sería negativa. Aún llegaría más lejos: Según el NCR, la mayoría de los españoles serían analfabetos científicos (y los estadounidenses, por supuesto, también).

Este artículo abordará las causas de esta incultura, centradas, fundamentalmente, en nuestro sistema educativo. También esbozará la importancia del conocimiento científico en la formación ciudadana  y finalizará con las propuestas que se están apuntando, desde diversos frentes, para comenzar a resolver esta crisis.

Nuestro sistema educativo mantiene un elevado número de alumnos por aula, lo que impide la aplicación generalizada de metodologías favorecedoras de la asimilación del conocimiento científico. A esto hay que añadir la reducida dimensión temporal de las áreas  de Ciencias, siendo España uno de los países de la UE que menos tiempo le dedica a estas disciplinas en Secundaria y  Bachillerato. El panorama se completa con un currículo excesivamente centrado en contenidos memorísticos y poco significativos, que giran alrededor de una lógica disciplinar rigurosa; la ausencia de aulas específicas, laboratorios y equipamientos en Primaria y una casi nula utilización de los de Secundaria, que, aunque relativamente bien dotados, permanecen cerrados por falta de tiempo y de profesorado para llevar a cabo experiencias prácticas con grupos más reducidos. El remate final a este cúmulo de despropósitos son estas tres postreras perlas contra la formación científica: su optatividad en el último curso de la ESO, bajo el pretexto de su dificultad y la atención temprana a la diversidad de intereses del alumnado; una estructura de los Bachilleratos Científicos caótica, que no asegura una formación sólida en las cuatro disciplinas básicas, obligando a la Universidad a diseñar cursos “0” y unos Bachilleratos de Humanidades, Sociales y Artes desprovistos de Cultura Científica, siendo las de 3º de la ESO las últimas Ciencias Naturales que han estudiado muchos de nuestros titulados superiores, incluidos los maestros/as que darán clases a nuestros hijos/as.

No es de extrañar el bajo nivel detectado en investigaciones didácticas y en las famosas evaluaciones externas PISA 2000 y 2003. La mezcla anterior está provocando una disminución del número vocaciones científicas, es decir, una reducción sustancial del número de alumnos/as que eligen estas opciones en  el Bachillerato y en la Universidad y está sembrando la alarma en nuestros gobernantes, ante la necesidad de disponer de 60.000 científicos para el año 2010, como respuesta al compromiso de aumento de la inversión hasta el 2% del PIB en I+D+i, antes del final de la década.

La apropiación del saber científico (multidimensional, no solo formado por hechos, leyes y teorías) es fundamental en el proceso de desarrollo personal. Es Cultura, imprescindible para interpretar el mundo, ya que aporta los métodos y los conceptos necesarios para  la comprensión del funcionamiento de la naturaleza en su conjunto, incluida la naturaleza humana: Evolución, Procesos Químicos, Transformaciones de la Energía, Historia de la Tierra, etc. Esta comprensión del mundo es el sustrato para liberarnos de mitos, supersticiones y manipulaciones, tan en boga en los últimos años (sectas, pseudociencias, curanderismo, etc.), pues contiene los instrumentos para observar y contrastar la realidad, junto con una buena dosis de escepticismo, tan necesario para cuestionar las apariencias.

La Ciencia, además,  nos facilita la comprensión de las interacciones positivas y negativas entre el ser humano y el medio-ambiente y sobre ella se sustentan las soluciones a los problemas medio-ambientales derivados del desarrollo científico-tecnológico, cuando satisfacen ciertos criterios éticos (Ciencia son saberes y Ética, deberes). Un conjunto de soluciones racionales dentro de lo que conocemos como Desarrollo Sostenible, que no comprometa el futuro y garantice unos niveles de vida dignos para todos los ciudadanos/as.

Por otra parte, los avances médicos y la mayoría de los objetos y materiales que utilizamos son productos de la Tecnociencia, y nos están abriendo las puertas a un grado de bienestar sin precedentes y, junto con ellos,  a una serie de retos (contaminación electromagnética, clonación, Ingeniería Genética, etc.) que hay que entender, analizar  y valorar en su justa medida, buscando fórmulas compatibles con un modelo de desarrollo ajustado a los ciclos naturales y que garantice el acceso a unas mejores condiciones de vida de todos los habitantes del planeta.

Finalmente, la Ciencia, como empresa ética, pone en juego valores propios como racionalidad, búsqueda de la verdad, participación, rigor intelectual, debate y confrontación de ideas,  provisionalidad de las teorías, sensibilización ambiental, etc. Por tanto, su enseñanza contribuye a la formación de ciudadanos críticos, capaces de entender la complejidad del mundo y los cambios que estamos experimentando, a la vez que  nos capacita para tomar decisiones racionales y fundamentadas y participar activamente en la comunidad, como ciudadanos informados, comprometidos, libres  y responsables. En definitiva, la socialización de este conocimiento es la esencia de la democracia.

Por desgracia, ante el analfabetismo científico de nuestros escolares y de la sociedad, el Gobierno responde con “más de lo mismo”:  una Ley Orgánica de Educación en la que disminuyen los Objetivos Generales relacionados con la Ciencia y mantiene su optatividad a partir de los 15 años.

La situación descrita anteriormente y los importantes cambios que ha experimentado nuestra sociedad en los últimos años, con un mundo cada vez más globalizado, la expansión de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, la grave crisis ambiental y un cambio en las formas de vida occidentales, en las que prima el consumismo, lo perceptivo, la comodidad y la superficialidad, por encima del esfuerzo, la reflexión y la responsabilidad (GARCÍA PÉREZ 2005), están propiciando la movilización del profesorado. En Córdoba, docentes de Secundaria, Primaria y Universidad hemos constituido un colectivo denominado Profesorado de Córdoba por la Cultura Científica, con el fin de reivindicar una mayor presencia de las Ciencias en el currículo y en la “calle”. Nuestra última actividad reunió en el bulevar Gran Capitán, a muchos cordobeses y cordobesas en torno a unas cuarenta experiencias, bajo un espléndido sol, el pasado 11 de marzo. La Administración andaluza, aparentemente sensibilizada por esta problemática, ha presentado un documento titulado “Educación y Cultura Científica”, cuyo borrador final fue debatido en Granada a comienzos de marzo y que esperamos sirva para trazar las líneas maestras que permitan afrontar esta crisis. A nuestro juicio las soluciones  pasan por las siguientes medidas: dotación de los medios necesarios en Primaria; reducción del número de alumnos/as por aula; mejora en la formación del profesorado; aumento de  la carga horaria de Ciencias en la ESO; su obligatoriedad hasta los 16 años, con dos opciones, según las dificultades e intereses del alumnado; sistematización de las   prácticas, con dotación de profesorado en los centros para la realización de desdobles; reestructuración del Bachillerato de Ciencias e Ingeniería, con un mayor peso de las asignaturas científicas en el currículo; introducción de una asignatura científica en los demás Bachilleratos; cambios en los contenidos, más centrados en la realidad y en sus problemas, a escala local, regional y global, proporcionando una imagen más compleja de la Ciencia, con procedimientos, valores, historia, experimentación, reflexión, debate y sus relaciones con sociedad; adopción de Metodologías basadas en la investigación de situaciones problemáticas y, por último, una mayor presencia de la Ciencia en la sociedad.

Propuestas que no recoge el borrador de la Ley Andaluza de Educación, a pesar del esfuerzo mantenido durante el año en el que se celebró el centenario de una de las Teorías que cambiaron nuestra concepción del mundo: la Teoría de la Relatividad.

 

Casimiro Jesús Barbado López 

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